Gabriel Meneses Graín

“ Mis padres son Raúl y Matilde, soy bonaverense y cascajaleño, deportista, artista y un buen combatiente de los muchos que hemos sufrido en carne propia la tragedia de la guerra como soldado del ejército nacional y como víctima de la violencia por el asesinato de mi hermano debido a la descomposición social y urbana gestada por los históricos políticos canallas, inescrupulosos, y clasistas, y por por los hombres de negocios sin sensibilidad ni ética que han convertido el país en una tumba gigante.

En mi obra he plasmado, en orgías de color, el espíritu del erotismo y de la música por medio de cuerpos desnudos que habitan atmósferas íntimas donde se comparten los secretos.

Fernando Guinard dice que mi obra le recuerda el erotismo de Johannes Vermeer van Delft (1632-1675) presente en las escenas de las obras cuyos personajes no se concentran en la temática de la clase sino en los objetos del deseo.

En mi infancia Buenaventura era tierra de indígenas buscajaes, hoy es de mayor población afrodescendiente. En la isla de Cascajal, el chontaduro despierta la libido y templa su madera para que suene la marimba, “el piano de la selva que se afina con el cantar de las mujeres y el gorjeo de las aves”.

Era el puerto de mayor movimiento de comercio exterior del país, se exportaba azúcar, cacao, café, voluptuosidad y notas de son, guaguancó, salsa y bolero; llegaba la música de Sinatra, Miles David, Lionel Hamptom, John Coltraine, Louis Armstrong, Marvin Gaye, Dave Brubek, Low Raul, Ranko Fujisawa, Ella Fitzgerald, Jackson Five y Barry White.
En los 60 y 70, mientras abundaban los trabajadores del puerto, colombianos, chinos, judíos, paisas, gringos y otros, también llegaban los profesionales del oportunismo, había mucha prostitución, casi siempre, llegada del interior del país; recuerdo mucho el famoso barrio popular de los sinvergüenzas: La Pilota.

Cuando tenía cinco años, todos los días, al salir del colegio jugaba fútbol y luego me dirigía a la playa, desde el malecón observaba los atardeceres y la caída del sol sobre el horizonte marino mientras la brisa y el embate de las olas y la espuma del mar me traían de nuevo a la realidad.

A los diez años cuando cursaba primero de bachillerato en el colegio Pascual de Andagoya, conocí al profesor Luis Enrique Urbano Tenorio, “Peregoyo”, llamado también “El rey del currulao” prolífico y versátil compositor y músico que popularizó la composición de Petronio Álvarez Mi Buenaventura. Para ser sincero, mis primeras clases de caligrafía y dibujo las recibí del profesor Peregoyo que se paseaba por el salón tocando su guitarra y entonando sus currulaos.

Entre las décadas del 70 y los 90 los habitantes de Buenaventura emigraron a Cali a buscar mejores opciones de vida y educación. En 1994 cuando estaba de presidente César Gaviria, en una jugada maestra, con la complicidad de los sindicalistas desleales, liquidó Puertos de Colombia y desde esa fecha estableció una privatización absoluta de las operaciones que causó la pauperización de los bonaverenses y sus consecuencias fueron obvias: una parte de esa sociedad se resistió a morir de hambre y aumentaron el pie de fuerza de las guerrillas y los paramilitares, copiaron el modelo empresarial del país cambiando de razón social y extendiendo invitación a guerrilleros y a criminales en lo que hoy el periodismo cortesano ha bautizado como bacrim.

En 1973 me trasladé a Cali con mi familia y allí terminé mis estudios de bachillerato. En la casa de mi amigo Gerardo Rocha tuve la oportunidad de ver las obras de sus padres Hernando y Alicia quienes eran dibujantes y pintores de gran formación y dedicados al estudio científico de la flora y la fauna. Ruquita Velasco. importante artista de artes escénicas y José Nazario Claros, diseñador y dibujante, los padres de mi amigo José Luis, influyeron en el camino que sin darme cuenta emprendía hacia el mundo del arte.

En 1979 cuando terminé el bachillerato, gané el sorteo para prestar el servicio militar. Estuve en el batallón Miguel Antonio Caro MAC. Aprendí a madrugar y trotaba en las mañanas, descubrí que en el ejército podía entregar la vida por mis compañeros y ellos también lo harían por mí. Son amistades de otra dimensión. Aprendí que el ser humano eleva su fortaleza cuando trabaja en equipo. Conocí los calabozos de tres batallones desde adentro, y lamentablemente descubrí que el soldado colombiano es invisible para una sociedad descastada que discrimina a sus protectores y los miran con desdén.

La sentencia que nos hacían al ingresar a las filas y que era muy cierta era el reflejo de “agradecimiento” de esa sociedad en dos opciones: ¡ustedes cuando entran al ejército tienen un pié en la cárcel y otro en el cementerio! Ahora si hay gente buena, o mala en el ejército, eso no es propio de los militares sino también de médicos, ingenieros, políticos, taxistas, vecinos, colegios y universidades. Es propio de la condición humana.

En los diez minutos de ocío que teníamos para descansar dibujaba en libretas de bolsillo. Un día de permiso compré en Chantraine carboncillos y una libreta de papel Durex de medio pliego donde realicé algunos dibujos. Días después un coronel de mi batallón vió los dibujos y me propuso que hiciera un retrato del general Santander y que me daba quince días de permiso para realizarlo en mi casa de Cali y yo ni corto perezoso acepté el reto.

Terminado ni servicio militar mi deseo era estudiar música y dedicarme a la pintura los fines de semana. Cuando llenaba el formulario de inscripción para el conservatorio de música en el Instituto Departamental de Bellas Artes de Cali, en la misma oficina otro joven que preguntaba por los contenidos del área de plásticas dejó el programa de grabado sobre metal sobre el escritorio y se me ocurrió preguntar en que consistía esa disciplina. Para no alargar el cuento, por esas cosas extrañas de la vida, la secretaria cambió los papeles de inscripción y terminé en Artes Plásticas.
En Bellas Artes conocí al maestro y gran dibujante Juan Fernando Polo quien dibujaba la figura humana con tinta y plumilla sobre papel mantequilla de grano grueso con un trazo largo y sin levantar la mano.

Perdí Dibujo I y II con mi primera profesora. El profesor Polo percibió que esa clase de dibujo básico era muy elemental y que estaba perdiendo el tiempo, razón por la cual me invitó, a hurtadillas, a su clase de dibujo que dictaba en el quinto semestre.

También fue mi profesor el maestro José Mina, pintor y dibujante de gran precisión y limpieza en su obra. Era muy rígido con los ejercicios de color y me expulsó cuando le manifesté mi descontento de hacer planas de color y me dijo enfurecido que me largara de su clase y que no le hiciera gastar más plata a mis papás. Lo encontré un par de años después y cuando vio mis cuadros en un salón de octubre me dijo sonriente: “Creo que entendió el regaño, colega”. Héctor Fabio Oviedo fue mi profesor de escultura, buen cómplice de todos sus alumnos.

Era uno de los primeros en llegar a clases y el último en abandonar los salones de Bellas Artes pues me gustaba acabar hasta el último detalle de mis dibujos y pinturas tanto que los celadores, cansados de acosarme sobre la hora de mi salida decidieron a escondidas darme una copia de las llaves para que cuando terminara dejara todo cerrado.

En 1986 terminé mis estudios y al año siguiente llegó a dirigir la escuela de bellas artes la jactanciosa vedette Doris Salcedo que despidió a todos los profesores académicos y los reemplazó por demágogos teóricos que desconocían por completo el dibujo, la escultura, el grabado y todo lo que implicara disciplina, técnica, esfuerzo y emoción.

Los salones de escultura con sus mármoles, yesos, arcillas, maderas y trabajos de profesores y alumnos se convirtieron en espacios vacíos donde habitaba la antiséptica creación conceptual.
En las décadas de los 80 y 90 Cali fue una ciudad ostentosa, realizaba bienales gráficas, había muchas exposiciones, teatro, ballet, salsa y todo estaba ligado a dinero del bueno y del otro.

Sigifredo López describe así la época: “Los intelectuales caleños se alineaban en tres cenáculos principales: uno estaba liderado por el poeta y publicista Gerardo Rivera. Se llamaba La Corte y estaba compuesto por unos literatos de clase media e ínfulas nobiliarias, amantes del jazz, la música clásica y la literatura inglesa, hacían parte de La Corte, Orietta Lozano, Edgar Collazos, William Ospina, Adolfo Montaño, José María Borrero, Bernardo Gómez, Olga Lucía Córdoba, Jorge Hernán García, Carlos Restrepo Guzmán, Henry Valencia y Fernando Vásquez, entre otros.

La segunda facción estaba formada por unos muchachos un poco más acomodados que los de La Corte, y eran enfermos por el cine, Carlos Mayolo, Andrés Caicedo, Fernando Calero De La Pava, Sandro Romero Rey y Luis Ospina eran sus cabezas visibles. La tercera era una facción de extracción popular. Sus integrantes se alimentaban de Salsa y alcohol, su epicentro era el barrio Obrero y sus capitanes eran Jotamario Arbeláez y Umberto Valverde. La relación entre estos grupos era prácticamente nula. Apenas podían resistirse unos a otros.”
Admiro a los pintores del Renacimiento, el Barroco, el Romanticismo, el Simbolismo, el Expresionismo, el Impresionismo, las vanguardias y los artistas más representativos de esas épocas y escuelas y vanguardias como: Andrea Mantegna, el manierista florentino Jacopo Carrucci más conocido como Pontormo; Paolo Veronese, el Veronés; Rubens, Giambattista Tiepolo, Michelangelo Merisi da Caravaggio, Jacques Louis, David, Salvador Dalí, Marc Chagall, Paul Delvaux, Giorgio de Chirico, René Magritte, Edgar Degas, William-Adolphe Bouguereau, Mariano Fortuny, Käthe Kollwitz, Lucian Freud, Odd Nerdrum.

En la historia del arte colombiano me gustan mucho Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, Roberto Pizano, Andrés de Santa María, Epifanio Garay, Ignacio Gómez Jaramillo, Gonzalo Ariza, Pedro Nel Gómez, Débora Arango, Lucy Tejada, Luis Caballero, Darío Morales, Juan Antonio Roda, Alejandro Obregón, Leonel Góngora, Fernando Botero y David Manzur. De los grabadores respeto mucho al maestro Augusto Rendón, a Mario Gordillo, Umberto Giangrandi, y en especial a Juan Antonio Roda por sus series de Los AmarraperrosTauromaquiaFloraEl delirio de las monjas muertas.

De los artistas latinoamericanos admiro a los mexicanos José Luis Cuevas y Francisco Zuñiga, el primero por sus grabados y el segundo por sus dibujos y esculturas. Y al peruano Fernando de Szyszlo.
Si hiciera el ejercicio de creer que le puedo aportar algo al arte diría que de tanta tendencia en “falsete” del mal llamado “arte contemporáneo”, sigo con obstinación atado a la honestidad en mi trabajo, no me importa si es aceptado o no, pero cada milímetro está hecho con el más profundo respeto por la disciplina y el oficio de pintar.

Uno de mis mejores logros ha sido mi capacidad de superar las adversidades y mejorar cada día más mis procesos pictóricos.

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